Caminaba. Un frío antártico recorría las calles, lo lados. El ambiente blanco surcado por masas blancas tan heladas como un corazón detenido.
En medio del camino frío, sorprendentemente tan cubierto por el hielo que no deja de asombrar, estaba el muñeco de nieve.
Estaba allí o era sólo la imaginación? La imagen no estaba bien ensamblada pero sí, estaba el muñeco inerte con un lazo rojo colgado perpendicular sobre su elegante porte de pecho frío.
Si saliera el sol todo desaparecería para dar lugar al renacimiento de un majestuoso camino bordeado frondosamente por el verde de los árboles. En la hilera, casi infinita de copas, se ve un arbolito, entre tantos y entre todos el arbolito pequeño, suave, solitario sin ningún igual, casi tan triste en su savia como aquel paisaje helado.
Un pino alrededor, en algún lugar, no se sabe donde mas allí estaba o quizá sea el alma del arbolito que quiere ser un pino. Allí los dos, de algún modo, mezclados entre sí como la transparencia de un útero que permite ver el feto listo para la vida.
Quizá ese blanco helado no sea tan frío, quizá sea el manto de una virgen que protege vaya a saber qué.
Imágenes que giran y conforman el paisaje, ese que no se ve, pero se siente.
Quizá es la sensación que corre libre como un pez en el rió que busca su océano amplio y tibio.
De pronto ese rostro enojado con que se presentó una y otra vez la vida en aquel lugar pase a ser sólo una mueca del destino sin más apuro que encontrar otras sorpresas que aún no han sido descubiertas.
Van o vienen cantando una nueva inspiración, quizá sea eso, la ansiedad por dejar ir la tristeza en esa balsa florida hacia otros tiempos.
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