lunes, 24 de junio de 2013

El gran salón.

Faltan pocas horas. El tic tac suena inclemente. Papeles esparcidos sobre la alfombra azul se confunden en una nebulosa de palabras poco perceptibles. La lucidez se pierde entre la adrenalina y el temor.
Comienza la cuenta regresiva. Se acerca el final. El proceso nacido en los últimos meses esta por concluir. Una taza con café, luego tantas otras. Una torre de cigarrillos. Cenizas caídas. Pulso tembloroso.
Faltan apenas algunas horas. La sangre se agolpa ruidosamente en la sien. Las manos de delgados dedos retiran el mechón claro caído sobre la sudorosa frente. Se hace una pausa. Se descansa. Se espera un momento hasta recuperar el vigor. Un neón ilumina desde la vereda. Se oyen bocinas lejanas. Alguna radio encendida quiebra el silencio ruidoso de la noche.
El ambiente huele a limón, incienso y cigarrillos. Nuevamente comienza la lectura. Una y otra vez. Nada debe quedar atascado en la memoria. Ni los detalles más pequeños, los traicioneros. Gruesas líneas rojas cristalizan las ideas. Las luces del alba anuncian el día "D". 
Se apaga el último cigarrillo. Ya todo esta en marcha. El gran salón ocupado. Comienza el interrogatorio. Decisión y firmeza.
Allí. El rostro anguloso, de mirada helada y aire de superioridad, alza el entrecejo. Sacude la cabeza y concluye:
- Puede retirarse.
- Gracias profesor.

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