sábado, 15 de junio de 2013

Golondrina

Un nuevo amanecer se mostraba tras las nubes. 
Entre cantares de pájaros, una golondrina sorprendía mi atención. ¿Qué haría allí ave de otros días, otras épocas? No importaba cuan curiosa me sentía, ella volaba con la magia entre las plumas dejando un áurea cristalina en el follaje de la madreselva. Las otras aves parecían no sorprenderse, cantaban alegres y coloridas envolviendo el sueño de quienes se desperezaban aún entre sabanas de lino o de algún aromático cafetal erguido primoroso entre los ciruelos de aquella comarca.
Viejas murallas, hechas casi escombros, guardaban el secreto de lo viejo. Una pequeña plaza bañada por tulipanes era el recinto de los querubines nacidos en la región. 
Lo nuevo contrastaba con el gris de las paredes que recorrían el pueblo de calles angostas, ventanas coloniales y verjas de portales que ya ni se abrían herrumbradas por el desuso. Todo parecía de otro siglo inmerso entre los magníficos adelantos de la nueva era. Se había producido una especie de fusión entre dos mundos antagónicos. Así también eran los personajes de la antigua comarca que bordeaba el rió, peregrinos de una raza estampada por el vértigo de los tiempos que corrían. Todo ese paraje imprimía una nota tan distante del mundo actual, se desarrollaba con la calma de antaño pero vivían con la premura del bing beng a cuesta.
Cae la última estrella remolona, un gallo rompe el silencio de la mañana en mil fragmentos de aroma a pan recién horneado. Estallan los primeros quejidos de un día que ha nacido entre el polvillo de volcanes.
Luces brillantes que encienden ojos recién abiertos y bocas que bostezan dejando ver un viejo campanario humano.
Allí continua la golondrina, ajena a mi inquietud por descifrar su presencia en el lugar.

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