viernes, 7 de junio de 2013

Ella

Ella no tenía limites, no conocía de fronteras, su cuerpo eran alas de plumajes advenedizos. Tenía vida, tenía aroma a luz y cántaro, sembradora de futuros. El deseo era el tren conducido por la intención de producir hechos que brillaran en esplendor generoso.
Ella tenía flores en los labios, volaba buscando la cima del mundo, creía en el amor, compañero de luchas por un ideal.
Ella vivía llena de esos sentimientos que hasta parecían ridículos, para los pensamientos sofisticados del cinismo. 
Hoy espera que los días terminen en un ocaso presuroso, para que cada instante culmine más cercano a la muerte.
Ya no conoce de alegrías, ya no conoce de esfuerzos puestos al servicio de algo grande, de la vida misma.
En su vuelo halló el ciclón que derribó toda sospecha de vida. Ahora sabe que muy poco de lo que se da se puede percibir. Las causas nobles sólo existen para quien las ejecuta cada mañana con la creencia ingenua de estar haciendo lo correcto.
Se quedó sin plumaje de madrugada, esperando un hola, un abrazo, una caricia.
Ella tenía alas, y por ser feliz pago con el precio del destierro, por abrir los portales de lo nuevo hubo de inclinarse ante los portales de la propia destrucción. Y así calló en mudo silencio su propia equivocación. Creyó que amando podría llegar a esa cima, más todo se redujo a una burlona mirada.


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